He saboreado las mieles del éxito y sólo me queda un gusto amargo en el paladar. Esa enseñanza heredada de la tradición judeocristiana de que sólo lo que cuesta trabajo y esfuerzo merece la pena y debe ser valorado, es una puta mentira como todo lo demás.
Lo he conseguido y no tengo ninguna necesidad de gritarlo a los cuatro vientos, de hecho me cabrean hasta las felicitaciones. Olvidadme, como lo hubieseis hecho si hubiese fracasado. No hubiese recibido mensajes de consuelo. Es mucho más fácil felicitar que consolar, siempre te quedas solo en el desconsuelo. Y porque sé lo cerca que he estado del abismo, el haberme salvado por los pelos me cabrea y compadezco a la la parte de mí misma que ha caído y ha muerto y por la que lloro a pesar del triunfo. Yo no la olvido y se queda conmigo. Sé que me enseñará más esa infeliz que todo y todos los que están por venir...
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